En mar abierto

- Título traducido: Deep Water
- Director: Renny Harlin
- Guión: Shayne Armstrong, S.P. Krause
- País: United States of America Año: 2026 Duración: 107 min
- Música: Fernando Velázquez Fotografía: DJ Stipsen
- Compañía: Magenta Light Studios, Arclight Films, Simmons/Hamilton Productions
- Intérpretes: Aaron Eckhart, Ben Kingsley, Molly Belle Wright, Angus Sampson, Elijah Tamati
- Género: Terror, Suspense
Sinopsis
Un avión comercial en ruta de Los Ángeles a Shanghai se ve obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en aguas abiertas, muy lejos del puerto más cercano. Consiguen salvarse muchos de ellos, pero la alegría les durará poco al comprobar que están rodeados de tiburones con ganas de hincar el diente ...
Hay directores que no aprenden de sus fracasos y los hay que los rentabilizan. Renny Harlin lleva veintisiete años en el segundo grupo desde la mítica Deep Blue Sea, y ahora vuelve con Deep Water sabiendo de memoria qué ingredientes funcionan y cuáles sobran. La película no es espectacular, tampoco se espera que lo sea, pero se nota que Harlin sabe montar ese tipo de entretenimiento que le sigue funcionando sin discusión alguna...
La premisa es puro catastrofismo con el típico gancho de siempre: un avión de Los Ángeles a Shanghái amerizará tras un incendio a bordo y los supervivientes descubrirán que el mar donde flotan está lleno de tiburones. Y la fórmula para que funcione es meter los ingredientes de siempre: el deportista, la azafata, el viejo cascarrabias, el imbécil que tiene la culpa de todo,... y todos ellos convertidos en carne de cañón por orden de simpatía. Nada nuevo, y tampoco lo pretende.
Lo que separa a Harlin de tanto imitador es que entiende algo simple: la distancia entre un cuerpo y una aleta tiene que sentirse física, no solo anunciada por la música. Las mejores escenas, que no son muchas, funcionan por pura lógica espacial. Quién está más cerca del ala flotante. Quién ha perdido pie. Cuánto tarda alguien en cruzar diez metros de agua abierta nadando mal, con pánico. En esos minutos sigue habiendo un director de verdad detrás de la cámara.
El guion, en cambio, no tiene ningún interés en que los personajes sean algo más que fichas moviéndose por turnos. Ben Kingsley aparece con la cara de quien cobra el cheque y se va a casa. Aaron Eckhart carga con un papel escrito en una servilleta. No hace falta Chéjov aquí, pero sí un mínimo de fricción entre la supervivencia y el personaje, y eso nunca llega: le toca a este, ahora le toca a aquella, siguiente. Eso sí, le impregna un ritmo en el que no deja trámite entre ataques y eso tapa bastante bien el vacío de fondo.
En definitiva, esta película no sorprende ni traiciona. Es exactamente el disparate estival que promete el cartel, ni más ni menos. Harlin no ha reinventado nada, pero tampoco se le ha olvidado cómo hacer bien lo pequeño, y en un género que en su mayoría produce basura desechable, eso, la verdad, ya es bastante. Bien hecho.
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