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01 agosto, 2026

Bloody Muscle Body Builder in Hell

Pura devoción artesanal que reza a Evil Dead...

Caratula
  • Título original: Jigoku no chimidoro massuru biruda
  • Director: Shinichi Fukazawa
  • Guión: Shinichi Fukazawa
  • País: Japan Año: 1995 Duración: 62 min
  • Música:   Fotografía: Shinichi Okuda
  • Compañía: Terra Cotta, Dragodon Pictures
  • Intérpretes: Shinichi Fukazawa, Asako Nosaka, Masaaki Kai, Masahiro Kai, Aki Tama Mai
  • Género: Terror

Sinopsis
Tras una inesperada llamada que interrumpe su rutina de ejercicios, el musculoso culturista Naoto acepta reunirse con su exnovia, una fotoperiodista, para ayudarla en su investigación sobre casas encantadas. Acompañados por un médium profesional, visitan una casa abandonada que perteneció al padre de Naoto. Pero dentro de la casa acecha un oscuro secreto, y se encuentran atrapados y atormentados por un fantasma implacable con un rencor de treinta años...
Dragodon Pictures

Hay un tipo de cinefilia que no se conforma con admirar una película: quiere reconstruirla con las manos. No hablar de ella, sino repetirla, como quien copia un cuadro para entender por qué funciona el trazo. Ese impulso, que en la crítica académica suele despacharse con la palabra "epigonal" y un gesto de desprecio, es en realidad uno de los motores más honestos del cine de género. Bloody Muscle Bodybuilder in Hell es la prueba extrema de esa fe: una película que no cita a Evil Dead, la reza.


Shinichi Fukazawa la rodó en 1995, con amigos, en la casa de sus padres, y tardó casi veinte años en encontrar distribución. El dato no es anecdótico: explica el tono entero del asunto. Esto no es un pastiche calculado para el circuito de festivales, ni una parodia que necesite que el espectador reconozca cada guiño. Es un grupo de veinteañeros japoneses que vieron Evil Dead y Evil Dead 2, se enamoraron de su sintaxis, y decidieron que la única manera de procesar esa admiración era construir su propia versión con lo que tenían a mano: una casa real, sangre de mentira y una cámara que se mueve como si también ella hubiera visto las películas de Raimi demasiadas veces.


El argumento apenas importa, y la propia película lo sabe: un culturista sin trabajo, una ex pareja periodista, un médium taciturno, una casa encantada por el fantasma de una mujer asesinada una generación atrás. Ese esqueleto de terror de casa embrujada no está ahí para generar suspense propio, sino para dar excusa a la coreografía de posesiones, mutilaciones y efectos artesanales que constituye el verdadero contenido del filme. Y es en esa distribución del tiempo donde Bloody Muscle Bodybuilder in Hell revela su inteligencia involuntaria: los primeros veinte minutos son deliberadamente anodinos, casi torpes, pasillos vacíos y habitaciones en silencio filmados con una cámara que insiste en encuadres inquietantes sin nada inquietante que mostrar todavía. No es un fallo de ritmo. Es una imitación consciente de la estructura de Raimi, que también hacía esperar al espectador antes de soltar el caos, sabiendo que la espera vuelve más gozoso el estallido posterior.


Y cuando el estallido llega, la película deja de intentar contar una historia y empieza, literalmente, a copiar planos. Los ángulos bajos, el zoom brusco hacia el rostro poseído, la cámara que corre pegada al suelo del bosque como si fuera la propia entidad maligna: todo eso está tomado de Evil Dead con una fidelidad casi religiosa, pero ejecutado con una precariedad que termina generando un efecto distinto al original. Donde Raimi usaba esos recursos para inquietar, aquí generan comedia, no porque la intención sea paródica sino porque el presupuesto no permite la ambigüedad. Un brazo cercenado que en 1981 costaba miedo, en 1995 y con plastilina cuesta risa. La película no decide ser una comedia gore: se convierte en una por las condiciones materiales de su producción, y ese desajuste entre ambición y medios es, paradójicamente, lo que la hace memorable.


Aquí está el verdadero tema de Bloody Muscle Bodybuilder in Hell, más allá del argumento: qué pasa cuando la imitación se lleva hasta el límite de los recursos disponibles. La película nunca finge tener más de lo que tiene. No hay ese pudor tan común en el cine de bajo presupuesto contemporáneo, esa vergüenza de mostrar las costuras. Fukazawa filma los efectos caseros con el mismo orgullo con el que Raimi filmaba los suyos, sabiendo que el entusiasmo compensa la carencia técnica. Y compensa, casi siempre. La secuencia final, con extremidades sueltas peleando entre sí en stop-motion rudimentario, no busca ser creíble; busca ser una declaración de amor hacia un tipo de artesanía cinematográfica que ya en los noventa empezaba a desaparecer, sustituida por el CGI y su promesa de pulcritud.


El título, por cierto, es casi una trampa. "Bodybuilder" sugiere que la corpulencia del protagonista será un recurso narrativo, un chiste sobre el músculo como arma contra lo sobrenatural. No lo es, salvo en un puñado de momentos hacia el final, cuando el físico de Fukazawa (que además dirige, escribe y protagoniza, en una demostración de artesanía total muy propia del cine independiente japonés de la época) se convierte por fin en un elemento visual explotado con cierta gracia. Durante casi toda la película, el cuerpo del protagonista es simplemente un cuerpo más entre los que la casa va a destrozar. Esa promesa incumplida del título no decepciona tanto como podría, porque para cuando el espectador repara en ella ya está demasiado ocupado disfrutando del desastre organizado que ocurre a su alrededor.


Lo que separa a esta película de tantas otras imitaciones fallidas de clásicos de culto es que Fukazawa entiende algo que muchos directores con presupuestos infinitamente mayores no entienden: que el homenaje funciona cuando nace de una comprensión real del mecanismo original, no de su superficie. No basta con poner sangre y cámara inestable. Hay que entender por qué Raimi cortaba donde cortaba, por qué aceleraba el ritmo en según qué momentos, por qué dejaba respirar el silencio antes del ruido. Bloody Muscle Bodybuilder in Hell entiende esa gramática incluso cuando no puede pagarla del todo, y ese entendimiento es lo que la salva de ser un simple ejercicio de fan curioso.


No es una película que uno defienda por sus logros formales, que son limitados, ni por su originalidad, que es nula por diseño. Se defiende por la honestidad de su método: por demostrar que se puede rendir tributo a algo amado sin ironía, sin distancia, sin ese cinismo tan contemporáneo que necesita señalar constantemente que sabe que está haciendo un homenaje. Fukazawa y sus amigos no citan Evil Dead. La reconstruyen desde dentro, con lo que tienen, y en ese acto de fe artesanal hay más cine que en muchas superproducciones que citan sus referencias con footnotes visuales y ni una gota de convicción real.



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